miércoles, 17 de mayo de 2017

Cartas de Lectores

CUANDO LOS PASTORES DUERMEN,
LOS PERROS TIENEN QUE LADRAR

Buenos Aires, 2 de mayo de 2017

A S.E. EL
PRESIDENTE DE LA
CONFERENCIA EPISCOPAL ARGENTINA
MONS. JOSE MARIA ARANCEDO

Excelencia:
De acuerdo con el Comunicado de Prensa del 2-5-17 de la Conferencia que Ud. preside, “La 113° Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina iniciará un tiempo de reflexión sobre los acontecimientos ocurridos durante la última dictadura militar. El mismo comenzará con la escucha de algunos testimonios de familiares de personas que sufrieron las consecuencias de este período marcado por la violencia en distintos ámbitos de la sociedad … Este proceso de largo aliento continuará durante las asambleas de los próximos años donde se buscará realizar, más adelante, un camino de diálogo entre los obispos en el marco de la cultura del encuentro y la amistad social”. 
Por su parte INFOBAE, al igual que CLARIN sintetizan en sus titulares “La Iglesia buscará reconciliar a familiares de desaparecidos y de militares” en evidente explicitación de la vaga expresión, víctimas de “…la violencia en distintos ámbitos de la sociedad…” contenida en el comunicado de prensa de la Conferencia Episcopal.
Así quedan planteados los términos que marcarán el camino: se buscará la reconciliación de familiares de víctimas que pertenecieron a los dos bandos en lucha en los años setenta.
Lo que no queda claro es quién actuará en representación de la Patria, pues fue ella la atacada y primera víctima en la guerra que el marxismo le impuso, mucho antes incluso de ocurrida la “última dictadura militar”.  Si Monseñor, muchos tenemos frescos el recuerdo de la incursión guerrillera de Taco Ralo. También recordamos la amnistía del 25 de mayo de 1973 por la que ganaron la calle los terroristas que habían sido juzgados por un Tribunal de Justicia, gozando de las garantías que rigen los procesos penales. Sabemos de la usina revolucionaria que fue Cuba y como allí recibían entrenamiento quienes luego ensangrentaban las calles patrias, sin distinguir democracia o dictadura.
Que quede claro: NI EL CRIMINAL MAS CRUEL MERECE LA CONDICIÓN DE DESAPARECIDO. Pero tan solo esa condición no transforma a esas personas en víctimas inocentes. Allá los militares que traicionaron el legado sanmartiniano siguiendo viles estrategias sugeridas de afuera; pero honor a los hombres de uniforme que combatieron digna y valientemente defendiendo la patria en una guerra justa que les fue impuesta.
Valgan las expresiones de Hebe de Bonafini de hace unos años, advirtiendo que el Museo de la Memoria no estará completo hasta que fueran exhibidos en él los Fal que empuñaron sus hijos.
No es una mera reconciliación entre personas lo que debe buscarse. Es la restauración de la Patria herida en Cristo lo que debe ser objeto de desvelos. La paz que se busca a través de la reconciliación tendrá pilares de barro si antes no logramos hacer justicia con nuestro pasado y nuestro presente.
Besa su anillo episcopal.

Enrique García

domingo, 14 de mayo de 2017

En el Centenario de Fátima



CENTENARIO DE FÁTIMA:
DIGAMOS LA VERDAD
SOBRE EL TERCER SECRETO

Primeramente, queremos establecer cuatro datos ciertos, objetivos, concernientes a este Secreto, y que nos van a permitir progresar a grandes pasos en el descubrimiento del misterio:
1) Un primer hecho capital: conocemos el contexto del tercer Secreto. No hay, en efecto, propiamente hablando, más que un solo Secreto revelado por entero el 13 de julio de 1917. Ahora bien, de ese todo coherente conocemos ahora tres partes sobre cuatro: conocemos el principio ‒las dos primera partes del Secreto‒ y el fin que constituye seguramente la conclusión: “Al fin, nos promete Nuestra Señora, mi Corazón Inmaculado triunfará, el Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá, y será dado al mundo un tiempo de paz”. Es en este contexto ya conocido, a continuación del etc., marcado por la misma Sor Lucía al fin de la segunda parte, que el tercer Secreto se inserta.
Tal es el primer hecho que es para nosotros un criterio importante: el contenido de la parte inédita dee cuadrar con su contexto inmediato y encajar armoniosamente con el conjunto del mensaje de Fátima, cuya coherencia es por otra parte totalmente notable.
2) Segundo hecho importante: Si las circunstancias en las cuales fue revelado nos prueban su unidad profunda, las circunstancias dramáticas de su redacción nos descubren ellas solas su gravedad trágica.
3) Tercer hecho muy esclarecedor: es a causa de su contenido y solamente por este motivo, por el cual desde 1960 los Papas sucesivos han rehusado divulgarlo.
Juan XXIII en primer lugar, a pesar de la espera ansiosa, verdaderamente sobrenatural, de las muchedumbres católicas, fue el primer que decide “enterrar el Secreto”. Él lo deposita, contaba el Cardenal Ottaviani, “en uno de esos archivos que son como un profundo pozo negro, negro, al fondo del cual los papeles caen, y nadie ve ya nada”. De hecho, se sabe muy bien que el manuscrito de Sor Lucía fue colocado por el Papa en el escritorio de su mesa de trabajo y que allí permaneció hasta su muerte.
Pablo VI adopta de golpe la misma actitud. Elegido el 21 de junio de 1963, algún tiempo después reclama el texto del Secreto, prueba de su viva preocupación a este respecto. Como no sabía lo que Juan XXIII había hecho de ello, hizo interrogar a Monseñor Capovilla, quien indica el lugar donde el manuscrito había sido colocado. El Papa Pablo VI seguramente lo ha leído en ese momento, pero no habla de ello. Sabéis sin embargo que el 11 de febrero de 1967, al aproximarse el jubileo de las apariciones de Fátima, el Cardenal Ottaviani hizo, a nombre del Papa, una larga declaración sobre el tercer Secreto, para explicar que no sería aún divulgado. Analizando este texto, siguiendo a los expertos portugueses, estoy obligado a constatar que, para justificar a toda costa la no divulgación del Secreto, el prefecto del Santo Oficio, defensor supremo de la verdad en la Iglesia, es obligado a acumular inexactitudes graves, distinciones sin fundamento, afirmaciones contradictorias.
El Papa Juan Pablo I era muy devoto de Nuestra Señora de Fátima. Había ido en peregrinación a la Cova de Iría en julio de 1977. Y, hecho muy curioso, Sor Lucía misma pide encontrarse con él. El Cardenal Luciani fue, pues, al carmelo de Coimbra y tuvo una larga entrevista con la vidente. Estoy en condiciones de afirmar que Sor Lucía le habló del tercer Secreto. Quedó muy impresionado e hizo partícipes de su emoción y de la gravedad del mensaje a los que lo rodeaban, después de su vuelta a Italia. Entonces habló y escribió sobre Fátima en términos vigorosos, expresando su admiración y su confianza total en Sor Lucía, que él consideraba visiblemente como una santa. Llegado a ser Papa, sin duda quiso preparar a la opinión pública antes de hacer algo. Desgraciadamente, nos fue trágicamente arrebatado antes de haber podido hablar.
El Papa Juan Pablo II, después del atentado del 13 de mayo de 1981 y antes de su peregrinación de acción de gracias del 13 de mayo siguiente, ha pedido la ayuda de un traductor portugués de la Curia para tener el sentido de “ciertas expresiones del Secreto propias de la lengua portuguesa”. Él ha leído también el tercer Secreto. Pero no ha querido divulgarlo.
En fin, sabemos que el Cardenal Ratzinger ha tenido conocimiento del mismo. Lo ha declarado al periodista italiano Vittorio Messori. Habló de él dos veces más, en octubre de 1984 y en julio de 1985, evocando su contenido en términos muy diferentes de una a otra vez, lo que es para nosotros muy significativo. Pero siempre para esforzarse, ‒muy vanamente‒ en justificar su no divulgación.
En pocas palabras, después de 25 años, de Juan XXIII a Juan Pablo II, es siempre el mismo rechazo implacable; Roma permanece sorda, obstinadamente, a todas las demandas, vengan de donde vinieran: de la Jerarquía portuguesa o de los responsables del Ejército Azul, del P. Alonso o del Reverendo Laurentin. Nuestro Padre, el abbé de Nantes, ha multiplicado las súplicas, en nombre de todos los miembros de la “Liga de Contrarreforma Católica” en abril de 1973, en noviembre de 1974, el 13 de mayo de 1975, el 25 de noviembre de 1978, el 13 de mayo de 1983, en enero de 1985… ¡Todas estas demandas han quedado sin respuesta! Un silencio tan obstinado debe tener sus razones. Ahora bien, se encuentra que todas las que han sido adelantadas en 1960 no eran más que arguementos inconsistentes. Todo justo para formar una espesa cortina de humo para ocultar una verdad demasiado molesta. Las razones del Cardenal Ottaviani en 1967 no eran más serias. Y pasa lo mismo hoy con las que adelanta su sucesor, el Cardenal Ratzinger.
El verdadero motivo del silencio de Roma, la verdadera razón que todos los otros intentan disimular vanamente, es evidentemente el contenido del famoso Secreto. También es éste un nuevo dato muy esclarecedor para progresar en el descubrimiento del último mensaje de Nuestra Señora.
4) Cuarto hecho capital: la profecía del tercer Secreto se realiza actualmente, bajo nuestros ojos, desde 1960. Hay en efecto un calendario, una referencia es posible en la realización de las profecías de Fátima.
Por una parte, es seguro que nosotros no hemos aún llegado al tiempo anunciado por la conclusión del Secreto. ¿Por qué? Porque Rusia no ha sido aún consagrada al Inmaculado Corazón de María, como debe serlo, y como lo será un día. Sor Lucía lo ha hecho saber claramente, aun después del acto del 25 de marzo de 1984. Rusia no se ha convertido aún y el mundo no está en paz, ¡lejos de esto! Por tanto no estamos al término de la profecía.
Por otra parte, los sucesos anunciados en el tercer Secreto no conciernen solamente a nuestro porvenir, pues nosotros tenemos otra señal: 1960. La Virgen había pedido que el Secreto fuera divulgado en 1960, porque, decía Lucía al Cardenal Ottaviani, “en 1960, el mensaje aparecerá más claro”. Ahora bien, la sola razón que puede hacer una profecía más clara a partir de una fecha determinada es sin ninguna duda el principio de su realización. Y nosotros tenemos otras declaraciones de Lucía diciendo que “el castigo predicho por Nuestra Señora en el tercer Secreto había ya comenzado”.
Podemos estar seguros de que actualmente estamos en los límites extremos de la época relacionada en la profecía. Vivimos, pues, el tercer Secreto y asistimos a los sucesos que anuncia.
 
Falsos Secretos y falsas hipótesis
A partir de esto datos ciertos, se puede descartar toda una serie de falsos secretos que han sido publicados sucesivamente desde hace 25 años. El más famoso de todos ha sido difundido en 1963 por la revista alemana “Neues Europa”, y vuelto a publicar en diversas revistas. Hay en ese texto varios errores monstruosos que prueban suficientemente que se trata de una falsedad. Y, además, aun cuando nos afirman que el texto publicado está formado de “extractos” del Secreto verdadero, esos “extractos” son al menos cuatro veces más largos que el contenido de la hoja de papel sobre la cual Lucía ha redactado el conjunto del auténtico tercer Secreto.
Se pueden descartar también un buen número de falsas hipótesis. Por supuesto, no se trata ‒como osa pretenderlo el P. Caprile‒ de una simple invitación a la oración y a la penitencia. ¡La Virgen María no hubiera pedidoa Lucía esperar a 1944 ó 1960 para divulgar un mensaje que repetiría palabra por palabra su mensaje público del 13 de octubre de 1917!
Tampoco se trata de profecías de felicidad: el tercer Secreto de Fátima no reúne seguramente las miras llenas de optimismo del Papa Juan XXIII anunciando que el Concilio sería “un nuevo Pentecostés”, “una nueva primavera de la Iglesia”. Si esto fuera así, él mismo o sus sucesores nos lo habrían revelado. ¡“Si fuera alegre, decía muy justamente el Cardenal Carejeira, nos lo dirían. Puesto que no nos dicen nada, es que es triste”! Sí, es evidentemente grave y trágico.
No es tampoco el anuncio del fin del mundo, puesto que la profecía de Fátima termina con una promesa maravillosa e incondicional, que se la debería predicar a tiempo y a destiempo, porque es la fuente de una inconfundible esperanza: “Al fin mi Corazón Inmaculado triunfará, el Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá, y se dará al mundo un tiempo de paz”.
¿Sería éste el anuncio de una tercera guerra mundial? ¿De una guerra atómica? Sería juicioso pensarlo, pues aquí la profecía no haría más que confirmar los más lúcidos análisis políticos… ¿La Virgen María no hubiera predicho esta guerra futura, horrible, que nos amenaza tan trágicamente? Siguiendo al P. Alonso, se puede demostrar que esto no es sin duda lo esencial del tercer Secreto. Por una sólida razón: y es que este anuncio de castigos materiales, de nuevas guerras y de persecuciones contra la Iglesia, constituye el contenido específico del segundo Secreto. ¿Hemos reflexionado sobre el alcance terrible de esas simples palabras: “Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendfrá que sufrir mucho, varias naciones serán aniquiladas”? “La Santa Virgen, nos ha dicho, confiaba Sor Lucía al P. Fuente, que muchas naciones desaparecerían de la superficie de la tierra, que Rusia será instrumento del castigo del Cielo para el mundo si no obtenemos antes la conversión de esta pobre nación”. Es por esto que es de temer que la palabra “aniquiladas” se deba tomar al pie de la letra, en su sentido obvio: aniquiladas, destruidas a fondo, enteramente. Inverosímil en 1917, esta trágica amenaza no lo es para nosotros hoy, en la era atómica.
Es pues claro: todos los castigos materiales que aún nos amenazan, inclusive los más espantosos, como la guerra nuclear, o la expansión del comunismo sobre todo el planeta, estaban ya anunciados por Nuestra Señora en su segundo Secreto, y conocíamos también los medios sobrenaturales para conjurarlos, antes de que sea demasiado tarde. Podemos etar seguros que nada de todo esto vendrá en la tercera parte del Secreto, afirma el P. Alonso. O al menos, añadiría yo, si allí se hace de él nueva alusión ‒como es del todo posible‒ éste no será el tema esencial de este tercer Secreto. En efecto, puesto que el Secreto está compuesto de tres partes coherentes, pero distintas, y cuyas fechas de divulgación fijadas por el Cielo no eran las mismas, se puede estar seguro que la tercera parte del Secreto no va a repetir la misma cosa que la segunda, con algunas líneas de diferencia.
 
Un castigo espiritual
Se trata sin duda principalmente de un castigo espiritual, mucho peor aún, más temible que el hambre, las guerras y las persecuciones, pues concierne a las almas, su salvación o su perdición eterna. El P. Alonso, nombrado en 1966 experto oficial de Fátima por Mons. Venancio, lo ha demostrado en uno de los tomos de su gran obra crítica, en catorce volúmenes, ¡que desgraciadamente se le ha prohibido publicar! Pero él ha podido después de todo, antes de su muerte el 12 de diciembre de 1981, hacernos conocer sus conclusiones en diversos folletos y numerosos artículos en revistas teológicas. Mis pesquisas personales solamente me han permitido clarificar, completar y precisar su tesis, que nuevos documentos han venido a confirmar.
He aquí el más importante: el 10 de septiembre de 1984, Monseñor Cosme do Amaral, el actual obispo de Leiría-Fátima, declaraba en el aula magna de la Universidad Técnica de Viena, durante el curso de un período de preguntas y respuestas: “El Secreto de Fátima no habla ni de bombas atómicas, ni de cabezas nucleares, ni de misiles SS-20. Su contenido, insiste, no concierne más que a nuestra Fe. Identificar el Secreto con anuncios catastróficos o con un holocausto nuclear, es deformar el sentido del mensaje. La pérdida de la fe de un continente es peor que el aniquilamiento de una nación; y es verdad que la fe disminuye continuamente en Europa”.
Durante diez años, el obispo de Fátima ha guardado un silencio absoluto sobre el contenido del tercer Secreto. Cuando abre la boca para hacer una declaración tan firme, se puede estar moralmente seguro que no ha hablado así sin antes haber consultado a Sor Lucía. Tanto más cuando en 1981, él ya había desmentido los falsos secretos, diciendo que había interrogado a la vidente a este respecto. Es decir, que la tesis del Padre Alonso es ahora públicamente confirmada por el obispo de Fátima: es una terrible crisis de la Iglesia, es la pérdida de la fe que la Virgen Inmaculada ha anunciado precisamente para nuestra época, si sus peticiones no eran cumplidas suficientemente. Y éste es el drama al cual asistimos de 1960.
Lo esencial está dicho, y yo me contentaré ahora con evocar las principales etapas de mi demostración sobre el verdadero contenido del tercer Secreto.
 
La pérdida de la fe
En un primer capítulo, expongo las razones que prueban que el tercer Secreto habla efectivamente de la pérdidad de la fe. Y la principal, es el elemento del tercer Secreto que conocemos ya. En efecto, nosotros no conocemos de él solamente el contexto. Sor Lucía nos ha indicado la primera frase: “En Portugal se conservará siempre el dogma de la Fe, etc.” Esta pequeña frase, que la vidente ha añadido intencionadamente cuando ella ha redactado el Secreto por segunda vez, es con seguridad significativo. Ella nos ha dado, muy discretamente, la clave del tercer Secreto.
“En Portugal se conservará siempre el dogma de la Fe: esta frase insinúa con claridad un estado crítico de la Fe que sufrirán otras naciones, es decir una crisis de la fe; mientras que Portugal salvará su fe… Así, pues, escribe aún el P. Alonso, en el período que precede al gran triunfo del Corazón Inmaculado de María se producirán las cosas terribles que son el objeto de la tercera parte del Secreto. ¿Cuáles? Si «en Portugal se conservarán siempre los dogmas de la Fe»… se puede deducir de ello con toda claridad que en otras partes de la Iglesia esos dogmas o bien se van a oscurecer, o aún van a perderse”.
La mayor parte de los intérpretes se ha adherido a esta interpretación: el Padre Martins dos Reis, el canónigo Galamba, Monseñor Venancio, el P. Luis Kondor, el P. Messias Dias Coelho. El 18 de noviembre último, durante una conferencia que el abbé Laurentin daba en París ‒¡es sorprendente!‒ se declaraba también favorable a esta solución.
Añadiremos que el Cardenal Ratzinger ha hablado en este sentido a Vittorio Messori, diciendo que el tercer Secreto concierne a “los peligros que pesan sobre la fe y la vida del cristiano”. En fin, nosotros lo hemos dicho, el actual obispo de Fátima es aún más explícito. Él deja entender que se trata de una crisis de la Fe a escala de varias naciones y de continentes enteros… Una tal defección tiene un nombre en la Sagrada Escritura: es “la apostasía”. Y es muy posible que esa palabra se encuentre en el mismo texto del Secreto.
 
El desfallecimiento y el castigo de los Pastores
En un segundo capítulo demuestro que hay más: el tercer Secreto insiste seguramente sobre la pesada responsabilidad de las almas consagradas, de los sacerdotes, de los obispos y de los mismos Papas en esta crisis de la Fe sin precedente que ha atacado a la Iglesia desde hace 25 años. He dado varias pruebas de ello, varios indicios muy claros. Debo contentarme aquí con citar al P. Alonso:
“Es pues totalmente probable, escribe, que el texto del tercer Secreto haga alusiones concretas a la crisis de la Fe de la Iglesia y a la negligencia de los mismos pastores”. Habla aún más, de “luchas internas en el seno de la misma Iglesia y de graves negligencias pastorales de la alta jerarquía”, de “deficiencias de la alta jerarquía de la Iglesia”.
Esas afirmaciones tan granves, el P. Alonso no las ha escrito seguramente y publicado en 1976, y de nuevo en 1981, algunas semanas antes de su muerte, sin haber maduramente pesado todo su alcance. Experto oficial de Fátima, ¿habría adoptado, ‒después de diez años de trabajos y de numerosas conversaciones con Sor Lucía‒, una posición tan atrevida, sobre un asunto tan ardiente, sin asegurarse al menos el acuerdo tácito de la vidente? La respuesta no deja duda alguna.
Este anuncio de deficiencias de la Jerarquía, y de los mismos Papas, explica todo: el cuidado lacerante de los res videntes esforzándose heroicamente por orar, orar mucho y de sacrificarse sin cesar por el Santo Padre; los tres meses de insuperable agonía que Sor Lucía debió afrontar antes de osar escribir ese texto; explica en fin por qué los Papas, desde el optimista Juan XXIII hasta Juan Pablo II, han vacilado, tardado, y sin cesar dejado para más tarde su divulgación, buscando a toda costa mantenerlo oculto (…)

La Gran Apostasía de los “Últimos Tiempos” anunciada por las Escrituras
A alguno que preguntaba sobre el contenido del tercer Secreto, Sor Lucía respondió un día: “¡Está en el Evangelio y en el Apocalipsis, leedlos!” Ha confiado también al P. Fuentes que la Virgen María le había hecho ver claramente que “estamos en los últimos tiempos del mundo” (lo que no significa, es necesario decirlo, el tiempo del fin del mundo y del juicio final, puesto que primero debe venir el triunfo del Corazón Inmaculado de María). El mismo Cardenal Ratzinger, evocando discretamente el contenido del Secreto de Fátima, ha mencionado tres elementos importantes: “los peligros que pesan sobre la fe”, “la importancia de los últimos tiempos”, y el hecho de que las profecías “contenidas en el tercer Secreto corresponden a los que anuncia la Escritura”. Aun sabemos que Lucía ha indicado un día los capítulos 8 a 9 del Apocalipsis.
Es por eso que consagro los dos últimos capítulos de mi libro a recordar las grandes enseñanzas de Nuestro Señor, de San Pablo y de San Juan ‒¡de tal modo desconocidos hoy!‒ anunciando las turbaciones, las herejías y finalmente la gran apostasía que sobrevendrán en los “últimos tiempos”. Y, de hecho, las aproximaciones objetivas entre las profecías de la Escritura y la gran profecía de la Virgen de Fátima, al alba del siglo XX, parecen muy numerosas y sorprendentes: ¿cómo, por ejemplo, atribuir al azar el hecho de que los tres Secretos de Fátima parecen corresponder, de manera sorprendente, a los tres temas principales que desarrolla sucesivamente el Apocalipsis en sus capítulos 11, 12 y 13?
Hemos dicho ya bastante para comprender que nada es tan importante, tan necesario, tan urgente como hacer conocer, sin tardanza, a todos los fieles de la Iglesia el texto del Secreto de María en su integridad, en su límpida verdad, en su riqueza profética y su trascendencia divina.
 
Hermano Michel de la Santísima Trinidad
(Tomado de su libro “Toda la verdad sobre Fátima”, publicado en agosto de 1985)

jueves, 11 de mayo de 2017

Para que no griten las piedras



2 x 1
 
Lejos de nuestro dominio la noble ciencia de la jurisprudencia, de un modo peculiar y sencillo diremos porqué nos manifestamos abiertamente a favor del dos por uno.
 
Por cada engaño y fraude que se dice a mansalva, casi unánimemente, nosotros hemos de asumir el deber de proclamar dos verdades. Dos verdades rotundas y categóricas por cada embuste. Ese es nuestro propósito.
 
Empecemos por los fraudes argumentativos de los clérigos.
 
El flamante Capellán Castrense Santiago Olivera –hijo dilecto,antes que de su respetable genealogía, de ese titán del ahembramiento que fuera Monseñor Laguna‒ acaba de decir, en declaraciones recogidas por la Agencia Télam el 8 de mayo, que el beneficio de la reducción de años de prisión y de pena a los militares presos “no lleva a un camino de reconciliación, tal como lo pregona la Iglesia”. Y acota: “A veces se cree que pensar en un camino de reconciliación supone también impunidad y dejar atrás los delitos aberrantes cometidos; pero no es así, la verdadera reconciliación sólo se va a conseguir con justicia, con reparación y con verdad […]. La impunidad siempre prepara nuevos delitos […]. Para nada se busca el olvido, eso no es lo que la Iglesia busca […]. Como decía una familiar de desaparecidos montoneros, que dio una charla en nuestro encuentro [se refiere a la última Asamblea de la Conferencia Episcopal], no se puede mirar la vida con ojos de pirata, es decir, hay que mirar con los dos ojos, porque han sufrido de los dos lados; claro que uno, ciertamente mucho más grave, porque el Estado debe defendernos y cuidarnos y no utilizar métodos totalmente inaceptables”.
 
Olivera debería saber que la reconciliación que propone la Iglesia es otro nombre del sacramento de la penitencia o confesión, y nombre que damos por lícito en la medida en que nos remita al texto paulino (2 Corintios, 5, 20): “dejáos reconciliar con Dios”, y aún a las mismísimas palabras de Nuestro Señor: “ve primero a reconciliarte con tu hermano” (San Mateo, 5, 24).

Siendo ésta y no otra la reconciliación que pide la Iglesia, si alguna incompatibilidad con ella puede surgir, salta a la vista que brota de quienes han militado en las filas del marxismo ateo y siguen pregonando su negativa a perdonar y su derecho a odiar –empezando por el curerío tercermudista‒ y no de parte de quienes han combatido llevando en muchos casos sus fusiles y sus pechos ornados con rosarios y escapularios. Si la Iglesia es la basura equiparable a la dictadura, según canturrean convulsos y posesos, y si el infierno son los otros, según han aprendido de sus mentores, la amenaza a la reconciliación propuesta por la Iglesia no parece proceder de las filas de los militares que serían excarcelados o beneficiados con alguna reducción de sus penas. Antes bien, dicha amenaza la conforman –y de un modo ferozmente explícito‒ quienes agitan los pendones del rencor inextinguible contra sus víctimas.
 
U Olivera desconoce el genuino significado eclesial de la reconciliación, o desconoce a sabiendas la perversidad ingénita de las ideologías que alientan la venganza perpetua en desmedro de los combatientes antisubversivos de las Fuerzas Armadas de la Nación. En desmedro de ellos, pero también de sus familiares, de la guerra contrarrevolucionaria, y de todo cuanto roce o evoque siquiera la presencia de los uniformes patrios.
 
Que desconoce lo primero surge de su ninguna referencia al carácter sacramental del acto reconciliador, asociándolo en cambio –con un criterio crasamente inmanentista‒ a las muletillas de los relatos oficiales sobre la verdad, la reparación y la justicia, categorías que no remiten nunca a un horizonte sobrenatural sino a seguir alimentando las sentencias unilaterales y capciosas, las indemnizaciones abultadas a los partisanos y la absoluta inmunidad garantizada a quienes integraron las bandas guerrilleras. El mundo político no conoce hoy otro uso de las palabras reparación, verdad y justicia que no sea el que ha impuesto la semántica de las izquierdas. Jamás se menciona la reparación pendiente a los héroes castrenses de la guerra justísima contra el bolchevismo, ni la verdad histórica adulterada por los profesionales del maniqueísmo, ni la justicia como ese dar al fin lo que le toca de honor y de dignidad a todo aquel soldado que genuinamente la mereciera.
 
Que desconoce lo segundo, esto es la ruindad intrínseca de las agrupaciones terroristas, surge del uso de la expresión “delitos aberrantes”, claramente aplicada a los militares pero que en ningún momento osa especificar como atributo particular y aborrecible de aquellas organizaciones insurgentes. En la misma y engañosa semántica que hoy nos envuelve, se reserva en exclusiva el infamante mote para la represión contra las células criminales del marxismo, indistinguiéndose adrede entre represiones legítimas e ilegítimas, entre usos y abusos de la fuerza; como se reserva la prevención contra la impunidad, no para los verdaderos impunes –que son poder desde hace largos años y están encumbrados insolentemente en altos cargos públicos‒ sino para aquellos que paradójicamente son los únicos que han sido castigados, sin distinguir justos de pecadores, condecorados de Malvinas o veteranos de los montes tucumanos.
 
En el revoltijo que adrede han creado, todos pueden ser a la vez apropiadores de niños o sádicos verdugos o desaparecedores de inocentes. La posibilidad cierta y concreta de que tengan capturados a centenares de prisioneros de guerra, como brutal acto de revanchismo trazado a perpetuidad, no entra en las consideraciones de esta morralla clerical ni tampoco entre la rufianería laical de la partidocracia, a la que el corrupto Macri acaba de entregarles el nuevo trofeo de la marcha porcuna de los pañuelos blancos.
 
Por cierto que “la impunidad siempre prepara nuevos delitos”; pero este axioma lo tenemos visto y comprobado hasta la náusea en los impunes reales, de nombres y apellidos famosos, revestidos de honorables funcionarios o de relumbrones personajes mediáticos, y no en los que no han sido alcanzados por la impunidad generalizada con que el sistema blinda a sus agentes, sino más bien por castigos brutales, aplicados sin discriminar a todos aquellos a los que se supone insertos en crímenes de lesa humanidad. A pesar de que probado está que tamaño cargo es un sayo fabricado a posteriori, aplicado retroactivamente, y arbitrariamente formulado para aprisionar sin salida un cuerpo ya vencido y condenado. Milagros leguleyos de los garantistas de los derechos de la violencia roja y de los abolicionistas de todo derecho a quienes se batieron contra ella.
 
La impunidad que ha preparado nuevos delitos, y que los ha consumado ya sin necesidad de preverlos sino de constatarlos, es la impunidad que se les ha otorgado a centenares de cuadros montoneros y erpianos, quienes alzados desde 1983 con las riendas de todos los poderes públicos, no han dejado fechoría por cometer ni crimen por organizar ni desmán por perpetrar ni saqueo por incurrir. Si “para nada se busca el olvido”, según Olivera, pues he aquí un olvido grave y funesto de los muchos en los que suele caer la hemipléjica y paralizada memoria de estos pastores. No uno sino muchos son los olvidos culposos de los que tendrán que rendir cuenta. Desde el olvido de que fue la Nación Argentina la atacada e invadida por las fuerzas irregulares de la Guerra Revolucionaria Marxista –en la que participó activamente un clero felón y disoluto con su correspondiente Jerarquía‒ hasta el olvido de quienes han derramado su sangre honrosamente defendiendo la Cruz y la Bandera.
 
Está claro que “no se puede mirar la vida con ojos de pirata”, dice Olivera que le sentenció un oráculo zurdo de los que convidaron a perorar en “La Montonera”; y está claro que “el Estado debe defendernos y cuidarnos y no utilizar métodos totalmente inaceptables".
 
Pero he aquí la segunda verdad que debemos oponer al embuste del indocto prete. Los métodos totalmente inaceptables no fueron patrimonio exclusivo del Estado Liberal que encarnaron las cúpulas del malhadado e indefendible Proceso. Fueron patrimonio, y en grado sumo, de los Estados Comunistas que financiaron, solventaron, alentaron y ejecutaron la guerra revolucionaria en nuestro país. Los sirvientes homicidas de esos Estados –agentes extranjeros o nativos, lo mismo da‒ no han sido nunca sometidos a juicio por sus métodos inaceptables. Fueron y son glorificados ante la sociedad como combatientes idealistas. Ellos, sus abuelas, sus madres, sus hijos y la manada entera y rabiosa que los orbita; ellos y el tropel inmundo de los que vivan sus asesinatos. Victoriosa la recua, y lavados los cerebros masivamente, impuso entre sus consignas llamar métodos estatales inaceptables a todos los recursos bélicos de los que se valió el Estado para derrocar la invasión insurgente y artera. Como impuso un siniestro medidor de pesadumbres, según el cual mayor es el sufrimiento de los terroristas que el de aquellos que hoy sufren persecución y vejamen por haberlos confrontado. El pastor del que se esperaba –conforme a la lógica bergogliana‒ que tuviera el olor de sus ovejas, ha preferido adherirse a la tuforada de los lobos y hacer causa común con ellos. Es, lisa y llanamente hablando, un escandaloso acto de traición.
 
Dos por uno, Monseñor Olivera. Diga usted su infundio; nosotros diremos dos verdades.
 
Presente siempre en las bacanales eclesiales de la estulticia, Monseñor Víctor Fernández (que persevera en ser apodado Tucho cual si fuera el remoquete honroso de pius aplicado a Eneas), declara en La Nación del 10 de mayo que “Francisco ya habló varias veces sobre los temas relacionados con la dictadura. Siempre insiste en que no hay que pedir impunidad y que, especialmente en los delitos de lesa humanidad, hay que aplicar la ley sin atenuantes”. Prosigue el desdichado: “Cuando uno torturó y mató no puede exigir a los demás que le faciliten una vida normal. Aunque lo hecho no se puede reparar, debe al menos aportar información para que los familiares conozcan la verdad completa sobre las víctimas. Una cosa es decir que también hubo crímenes atroces de parte de los guerrilleros. Pero es inaceptable poner esto en el mismo nivel de los crímenes cometidos desde el aparato estatal […]. Algunos obispos se han preocupado por los presos muy ancianos que no tenían suficiente atención sanitaria. Estoy seguro de que eso no implica justificar lo que hayan hecho ni pedir privilegios para asesinos […]. Una de las personas [invitadas a testimoniar en el encuentro reciente de la Conferencia Episcopal y cuyo testimonio pide destacar] nos rogó por favor que seamos más claros y concretos en el reconocimiento de nuestros propios errores y en el pedido de perdón. Y otra nos pidió que no pretendamos sanar heridas que sólo se curan con el tiempo, y que mejor nos dediquemos a la verdadera grieta, que son los millones de pobres que sufren en la Argentina”.
  
No puede extrañar a nadie que Bergoglio haya dicho lo que le atribuye Fernández. Ambos tienen sobrada desvergüenza y oportunismo atroz para seguir invocando la figura penal de Lesa Humanidad aplicada a las Fuerzas Armadas Argentinas, cuando en rigor, si científicamente se estudia el tema, como lo ha hecho entre nosotros con enjundia el maestro Enrique Díaz Araujo, no hay punto del Estatuto de Roma, de 1998, en el que la tal figura penal quedó caracterizada, que no se le aplique con fatídida propiedad al obrar sanguinario de las fuerzas marxistas.
  
Fiel exponente de la asimetría moral que retrata a los estultos, Fernández cree que no hay derecho a la vida normal para los soldados que combatieron a la guerrilla, porque habrían torturado y matado. Situación que aún comprobándose enteramente veraz en todos los casos –cosa que negamos‒ no tendría su equivalente en los torturadores y matadores de nuestros hombres de armas o de innúmeros civiles desarmados. Lo mismo cree el envenenante macrismo, para algunos idiotas aún, encarnadura de “la derecha”. Por obra y gracia de esta extraña dialéctica, la normalidad existencial sería el merecido obsequio y tributo a los guerrilleros, las tribulaciones de la cárcel y el odium plebis quedarían para aquellos que le presentaron batalla. Misericordia bergogliana en estado puro.
 
La misma dialéctica se aplica a la sangre derramada. Tienen dos pesos y dos medidas, según Tucho. Si mata el Estado Argentino es un pecado contra el Espíritu, imperdonable e irredimible. Si matan los Estados Cubano, Soviético, Nicaragüense o Chino, poniendo el fuego y la plata en las manos de sicarios nativos o foráneos, no tendrán “el mismo nivel” de gravedad.
  
De comprobarse la plena veracidad de un aparato estatal argentino que cometió delitos, no seremos nosotros los que erradiquemos el juicio moral a la hora de reprobarlos. Pero insistir en la falacia del desnivelamiento de culpas, como si detrás de las organizaciones marxistas no existieran varios aparatos estatales convergentes y aliados, es una falsedad que hiede y cuyo hedor nos repugna.
 
Fernández no quiere saber nada con otorgarles privilegios a los asesinos. Bien hecho. Pero alguien debería acercarle un diccionario para que nos diga con qué palabra sino con la de asesinato se deben calificar los actos cometidos por los terroristas; y otro diccionario para que nos diga con qué palabra sino con la de privilegio se debe calificar a la libertad irrestricta y al aplauso generalizado de los que gozan los criminales miembros de las antiguas agrupaciones subversivas, apañados cuando no aplaudidos por el oficialismo y la oposición, indistintamente intercambiables.
 
Una segunda verdad prometimos por cada engaño enarbolado como piltrafa por los embaucadores profesionales. Y la segunda que le toca escuchar al impresentable Tucho, y a sus pares todos de la Conferencia Episcopal, es que es redondamente cierto lo que alguien les dijo cuando les pidió ser más claros y concretos en el reconocimiento de los propios errores y en el consiguiente pedido de perdón. Sólo que quien les hizo el reclamo equivocó groseramente su contenido. El perdón pendiente de los obispos, con claridad y concretez, es por haber dejado de ser católicos, patriotas, decentes y varones. Es por haber perdido la lucidez y el coraje, la hombría de bien y, en muchos casos, la simple y hormonal hombría.
 
En cuanto a la remanida cantinela de los millones de pobres que sufren, nunca será malo el consejo de ocuparse de ellos. Pero entre las riquezas que esos millones de pobres necesitamos, la mayor de todas es que, parafraseando a José Antonio, se nos devuelva el alegre orgullo de tener una patria. Una patria en la que las prisiones, los juzgados o los cadalsos estén para castigar condignamente a los segadores de su cuerpo y de su alma, y las libertades concretas para aquellos, a los que conociéndolos por sus frutos, podamos calificar de intachables.
 
Dos por uno, Monseñor Fernández. Diga usted su fraude. Nosotros diremos dos verdades.
 
Entiéndase que la consigna que lanzamos no tiene sólo a los clérigos por destinatarios. Abarca a la variopinta gama de mendaces que, para oprobio de nuestro suelo, lo cubre por los cuatro puntos cardinales. Farsantes de toda clase, condición, estado o jerarquía, que al conjuro ominoso del Mentiroso desde el Principio, han esputado su patraña en estos días de luto, desde los más altos sitiales conquistados también por el favor de un régimen inherentemente embustero.
  
Que nos digan ahora los devotos del sufragio universal, los bienpensantes del supuesto mal menor, los católicos flojos de bragas, los nacionalistas vergonzantes cuan confundidos, y el interminable repertorio de damas y caballeros de diestra, en qué pedazo de tierra van a enterrar las cabezas para no ver a quien han encumbrado cuando creyeron que la deyección kirchnerista era opuesta al detrito del Pro.
 
De allí la imperdonable y horrísona confusión –todavía,¡ay!, entre los mismos soldados o quienes se dicen sus representantes‒ de invocar a la democracia como el altar ante el cual se habrían derramado las vidas y los padecimientos, las muertes y las rejas de los que batallaron en nuestras guerras justas. Desde el Teniente Cáceres hasta el Mayor Horacio Fernández Cutiellos –y la nómina es gloriosamente inmensa‒ ninguno de nuestros próceres cayó por el sistema métrico decimal. Ni fue al cántico de las urnas que quedaron yertos o mutilados los guerreros de Malvinas o del Operativo Independencia, sino al son de nuestras marchas épicas que simbolizan la Argentina Eterna. La defensa de la democracia no merece que se vierta siquiera una célula pútrida de nuestros cuerpos, ni que se ofrezca un segundo a las mazmorras del Régimen. En cambio, “para la patria todo lo que la patria pide, que la alegría no entra en componendas y el honor no se mide”.
 
Más que nunca hay un solo mensaje vigente: Conoceréis la Verdad y la Verdad os hará libres. Benditos sean, en la Argentina cautiva; benditos son, en tiempo presente, quienes puedan proclamarse de este único modo posible, auténticamente libres. Porque a esta libertad no la ciñe cancela o barrote alguno. La otorga Dios como don precioso a los que libraron y libran en Su Nombre el buen combate.
 
Antonio Caponnetto